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El descenso de las muertes por VIH sida, asociado a la eficacia de los tratamientos, y la posibilidad de que la epidemia pueda ser controlada en el 2030, ha acentuado en las nuevas generaciones una percepción errada sobre el riesgo que entraña esta enfermedad.

Analistas del tema, y el mismo Onusida, admiten que la gente, particularmente los mas jóvenes, ha perdido el miedo a la epidemia que, desde que se detectó a comienzos de los 80, ha infectado a 78 millones de personas y matado a cerca de 39 millones de ellas. Hoy, 35,3 millones viven con el virus. De hecho, Luiz Loures, director ejecutivo adjunto de Onusida, advierte que existe “complacencia con la enfermedad, lo cual es muy peligroso, dado que puede ser mortal”.

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El alto número de infectados contrasta con las alentadoras cifras de mortalidad. Según Onusida, las muertes vinculadas a esta enfermedad han bajado un 35 por ciento desde que registró su punto más alto en el 2005. Vale decir que en los últimos cinco años se han logrado más avances en este aspecto que en los 23 años anteriores. El reciente informe ‘La infancia y el sida’, de Unicef, destaca, además, que se hubieran evitado 850.000 nuevas infecciones por VIH sida en recién nacidos, entre el 2005 y el 2012 (de la madre gestante seropositiva al hijo durante el embarazo o el parto), pero alertó sobre un alarmante repunte de casos entre los adolescentes y los adultos jóvenes.

En el 2012, por ejemplo, había 2,1 millones de niños, adolescentes y jóvenes entre los 10 y los 19 años con VIH sida en todo el planeta; es más, la tercera parte de los nuevos casos de la enfermedad se registran entre jóvenes de 15 a 24 años.

Vale anotar que las dos terceras partes del grupo de jóvenes de 15 a 19 años que han contraído VIH en el mundo son mujeres, un fenómeno que se presenta sobre todo en el África subsahariana.

El informe de Unicef advierte que con mayores inversiones se podría reducir a la mitad el número de nuevas infecciones por VIH entre los adolescentes de aquí al 2020. Insiste en que, si se aumentaran las inversiones hasta 5.500 millones de dólares anuales, se podría evitar la infección en dos millones de adolescentes, sobre todo niñas, antes del 2020.

De hecho, según Onusida, en el 2013 hubo 19.100 millones de dólares disponibles para financiar la respuesta contra el sida en todo el mundo, y las necesidades anuales estimadas para el 2015 oscilan entre los 22.000 millones y los 24.000 millones.

Un incremento de esos recursos, señala el organismo, permitiría mejorar las campañas y fortalecer las acciones dirigidas a generar conciencia entre adolescentes y jóvenes, sobre el enorme riesgo que para la salud y la vida entraña el sida.

Conductas de riesgo

De acuerdo con José Roberto Támara Ramírez, médico internista y especialista en enfermedades infecciosas del Hospital Universitario San Ignacio, se han incrementado las consultas de menores de 25 años por esta enfermedad, “lo cual podría reflejar falta de información o descuido de esta población, frente a la enfermedad”.

Según el especialista, se dan casos de personas que mes a mes se someten al test de Elisa, para detectar el VIH, “como sabiendo que están en riesgo, hasta que finalmente les sale positiva. Eso muestra que tienen conductas de riesgo y que hacen poco o nada por protegerse”. A este hospital, señala Támara, llegan cada mes, en promedio, once nuevos pacientes jóvenes con la enfermedad.

La falta de protección, dice Támara, ha desencadenado en un aumento importante de otras enfermedades de transmisión sexual (ETS), como la sífilis, el herpes genital y los condilomas por VPH, que serían fácilmente prevenibles. “Es claro que las EPS tienen los recursos para hacer campañas y a veces fallan en eso. Es necesario vencer muchas barreras culturales desde la niñez”, dice.

Gina Vargas, coordinadora nacional de jóvenes en Profamilia, cree que este grupo poblacional no es muy consciente de los riesgos, por eso son más vulnerables.

“Debemos trabajar mucho en la educación de los jóvenes; si bien existe la idea de que no se trata de la enfermedad catastrófica de hace años, es un asunto muy delicado que cambia radicalmente la vida, empezando porque hay discriminación”, dice Vargas, quien insiste en que se trata de un mal que puede prevenirse, por ejemplo, con el uso de condón.

Sin embargo, las más recientes cifras de Profamilia sobre este tema indican que solo el 21,8 por ciento de las mujeres entre los 15 y 49 años sexualmente activas y sin pareja estable lo utilizan. Solamente el 7 por ciento de las casadas, o con pareja estable, recurren a él.

A este grave panorama se suma el hecho de que, según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud, el mayor desconocimiento sobre ETS en general se presenta entre las mujeres más jóvenes y entre las de mayor edad, es decir, en los extremos de la escala.

‘Este es un mal que no da tregua’

“A los 20 años, tras la muerte de mi compañero, me hice el examen de VIH, y entonces pude confirmar que estaba infectada. Eso sí, no culpo a nadie, menos a él. No me puedo quejar, pero hubiera preferido tener una vida distinta a ésta y a veces no dejo de preguntarme por qué, por qué, por qué… No voy a decir que no he llorado. Lo he hecho y mucho. He vivido con el virus del sida por 19 años, y al hablar de ese tiempo creo que sería imposible no reconocer que he tenido una suerte bárbara”.

“Pero no es fácil. Cada vez que tengo una gripa, por ejemplo, me asusto y envidio a las personas que sienten que se van a mejorar. Hace 15 años me sentía más fuerte, pero ahora tengo momentos en los que me siento desfallecer. Nadie sabe la tortura que es esperar los resultados de los exámenes de sangre para detectar la carga viral. ¿Habré empeorado? ¿El virus ya no será indetectable? Durante esos días no puedo dormir, y una angustia terrible empieza a invadirme”.

“Esto es una verdadera tortura. La mitad de mi vida ha girado en torno al sida y solo quienes lo tenemos dentro sabemos lo que se siente. El sida no da tregua. Los días, las noches, las semanas, los meses, los años que he ganado han sido en función de ese mal. Por supuesto que todos los días agradezco que los medicamentos me permitan seguir viviendo, pero el ardor en el estómago que siento inmediatamente después de tomarlos me recuerdan que estoy enferma”.

“Los antirretrovirales me han dañado los nervios. Desde hace algún tiempo me producen dolor, ardor y unos calambres en las piernas y en los brazos que me vuelven a recordar que, así el virus esté escondido, yo no estoy bien. Eso duele mucho y es muy duro”.

En las reuniones del Programa Contra el Sida hemos aprendido que con carga viral indetectable, la posibilidad de transmitirlo es baja. Hay quienes hablan de que (no sé si lo habrán hecho) se pueden tener relaciones sin protección. Qué equivocados están, la gente no puede seguir pensando que esta enfermedad es como una más. Me infecto, tomo pastillas y ya. Eso no es así”.

“Estoy en la mitad de mi vida, pero siento que he vivido muchas vidas, soy portadora del VIH y estoy señalada. Esto es un estigma. Aunque soy una mujer más fuerte, y he aprendido a levantarme, hay días en los que me derrumbo”.

Milena C., de 39 años, es bogotana y se autosostiene con una empresa familiar.

Los jóvenes bajan la guardia frente al sida