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Recuerda, mi estimada Clara, esta CAPSULA es continuación de la anterior.

Hoy al cumplir sus ochenta y cinco,  tempranito en la mañana ya estaba despierta y le pidió a la amable y siempre sonriente monjita Hermana de la Caridad que cuidaba de ella, que la bañara bien temprano en este tan especial día. La simpática hermanita así lo hizo y la dejó sola en su cuarto.  Ella quiere ponerse lo más linda posible. Se empolvó y maquilló como pudo, ¡parecía una muñeca!  Sí, una muñeca con su carita algo arrugada; pero muñeca al fin. Y…se puso  una linda bata de casa, que un día recibió por correo, regalo de su hijo, quien casado con una america

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na, no le visita muy a menudo, pues a ella no le gustan los asilos de ancianos.  Pero hoy sí estaba segura de que su hijo vendría para celebrar juntos su cumpleaños; además, también vendrá la linda nietecita, a quien adora y que muy pocas veces ha visto en este año.  Ella se sentía realmente feliz esperando que de un momento a otro llegara la importante visita y la esperanza de algún regalito, alguna chuchería de las que a ella tanto le gustaban.

Llegó la hora del almuerzo y la amable hermanita le trajo algo de comer; pero no quiso probar nada; pues quería hacerlo junto a su hijo y su nieta.  Llegó la tarde y, nada… los esperados no llegaban.  Ella se consolaba pensando que habrían tenido algún contratiempo, pues creía firmemente que su hijo no le fallaría en un día tan señalado como éste.  Y…llegó la noche, todo igual, nada cambia, no hay visita, silencio, frio, mucho frio en el alma. En su mesita de noche tenia una foto donde aparece su hijo, la señora y su linda nietecita.  Ahora se contentaba con mirar aquel retrato; ya era muy tarde. Quizás vengan mañana. Finalmente llamó a la monjita y le pidió que le alcanzara el cuadro con la bella fotografía, pues quería hacerse la idea de que así estaban presentes. Lo tomó con sus temblorosas manos y lo abrazó con toda su fuerza, aquella fuerza sagrada que produce el sublime amor maternal, y en su silla de ruedas se acomodó para seguir esperando, esperando… una larga espera…

A la mañana siguiente, la monjita que la asistía la encontró sonriente y dormida como un ángel, abrazada a lo que más ella quería en su vida; si, la dulce viejecita se había dormido para siempre apretando su más preciado tesoro, contra su corazón de madre y abuela olvidada, que había deja-

do de latir; pero que aún seguía amando.

De una paloma blanca,

Cuenta la dulce monjita,

Que diariamente venía

A posarse en la ventana;

Hoy la paloma no vino.

¿Para qué venir ahora?

FINIS CORONAT OPUS

Los olvidadados II