Nikki Haley ha navegado la interna republicana durante 20 años. Eso podría ser imposible con Trump

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La aspirante a la candidatura presidencial republicana Nikki Haley escucha a los estudiantes durante un acto de campaña en la escuela Polaris, 19 de enero de 2024, en Manchester, Nueva Hampshire. (AP Foto/Charles Krupa)

Cuando Nikki Haley era legisladora en Carolina del Sur, respaldó presupuestos fortalecidos con ayuda federal. Como candidata a gobernadora, criticó la “cultura del salvamento” y la dependencia de Washington.

Alguna vez dijo que la bandera de la Confederación —los estados sureños esclavistas que se separaron de la Unión— era un símbolo patrimonial e hizo caso omiso a los llamados a retirarla de los terrenos de la gobernación. Después de una masacre racista en Charleston, Haley la hizo retirar.

Cuando Donald Trump era aspirante a la candidatura presidencial en 2016, ella se opuso, pero luego aceptó el puesto de embajadora a las Naciones Unidas. Ahora, Haley le disputa la candidatura republicana para 2024 y lo califica de agente del caos.

Durante casi 20 años, Haley ha buscado la manera de ubicarse en un Partido Republicano que vira a la derecha, tratando de ganarse tanto al centro tradicional de poder partidario como a la base ultraderechista que provocó el surgimiento de Trump. Se la ve como una unificadora pragmática o bien como una veleta que gira a favor del viento, y sus virajes políticos han sido el flanco más atacado por sus adversarios.

“Tal vez puede ser un poco camaleónica”, dijo el exlegislador estatal republicano Doug Brannon. “La gobernadora y yo no teníamos una buena relación, pero eso no significa que no sea una política brillante”.

El cambiar de forma es un arte político practicado por muchos. Bill Clinton se ganó el mote de “Willie el Resbaladizo” y cumplió dos períodos en la Casa Blanca. Trump, que apoyaba enfáticamente el derecho al aborto, luego viró para decir a los votantes que era el único responsable del fallo de la Corte Suprema que anuló su legalización en todo el país, lo que le ganó el apoyo de los evangélicos blancos.

Durante la campaña presidencial actual, Haley ha confrontado a sus detractores. Trump se ha negado a debatir, por lo cual ella y el expresidente no se han visto las caras, pero ella se ha defendido enérgicamente de sus insinuaciones de que está fuera de sintonía con el Partido Republicano actual.

“A todos los que dicen que soy una moderada, le pregunto a cualquiera, a Trump o a los periodistas de (el noticiero) Fox que dicen que no soy conservadora: digan una sola cuestión en la que no tomé una posición conservadora”, dijo el viernes en Nueva Hampshire.

Leyó una letanía de medidas que sancionó como gobernadora: reducir impuestos, aprobar requisitos más estrictos para poder votar, reformar las pensiones de empleados públicos, entre otras. “La diferencia está en quién decide quién es conservador y quién es moderado”, dijo.

Rob Godfrey, que fue empleado de su gobernación, dijo que “ella nunca ha sido una candidata rabiosa o una gobernadora rabiosa”, pero sí disfruta de “usar el megáfono”.

“Se enorgullece de estar dispuesta a regañar a quien cree que no sirve bien a sus votantes”, dijo Godfrey. Insistió que a su antigua jefa no le interesa la posición o la ideología tanto como obtener el mejor resultado posible de la “buena gobernanza”.

“Ese enfoque molesta a algunos”, dijo Godfrey. “Siempre ha sido así”.

Haley, de 52 años, obtuvo su primer cargo electivo, como legisladora estatal, hace 20 años al vencer a un veterano legislador en la primaria. Hija de inmigrantes indios, una vez dijo al New York Times que Hillary Clinton, la candidata presidencial demócrata de 2016, fue quien la inspiró a entrar en política.