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Por Jorge Morejón

Me da pena por los 34 muchachos de la famosa lista, que por una semana vivieron la ilusión de poder ser evaluados por equipos de Grandes Ligas sin tener que abandonar Cuba.

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La administración Trump echó abajo el acuerdo anunciado en diciembre pasado entre MLB y la Federación Cubana de Béisbol (FCB), que hubiera regularizado la contratación de peloteros desde la isla.

La clave para cancelar el pacto está en el hecho de que la FCB no es una entidad independiente del gobierno cubano, aunque así lo hayan querido hacer ver los defensores de este acuerdo.

Técnicamente, la FCB es una institución adscripta a la Asociación Mundial de Béisbol y Softbol, pero de facto, en un país donde todo, absolutamente todo, pasa por el control del Estado, es un brazo deportivo más del sistema.

De hecho, en una federación deportiva nacional de cualquier país, su presidencia es ocupada por alguna persona elegida por el voto de los diferentes miembros.

En Cuba, Higinio Vélez fue designado a dedo por las autoridades gubernamentales, basado en su lealtad al régimen, más que en su capacidad y liderazgo.

Entonces, el sistema recogido en el acuerdo, por el cual la FCB recibiría un porcentaje de dinero, en concepto de “cuota de liberación”, es ilegal de acuerdo con el embargo comercial impuesto por Estados Unidos a La Habana desde 1962, pues transferiría fondos al gobierno cubano.

Embargo, por cierto, que se mantiene sencillamente porque no han desaparecido las causas por las cuales se impuso: la confiscación sin ningún tipo de compensación de propiedades privadas por parte del régimen de Fidel Castro, independientemente de que pudiéramos pasar semanas debatiendo si ha sido o no efectivo después de casi 60 años.

Pero no culpen a Trump de que los peloteros cubanos no puedan firmar normalmente con las Grandes Ligas.

Cuba se quedó a las puertas de tener la primera franquicia de MLB fuera del territorio de Estados Unidos, mucho antes de que nacieran los Montreal Expos y los Toronto Blue Jays.

No fue Donald Trump quien eliminó el deporte profesional en la isla y cortó de cuajo el sueño de los Cuban Sugar Kings.

No fue Donald Trump quien, al prohibir el profesionalismo, proclamó “el triunfo de la pelota libre sobre la pelota esclava”, para en realidad esclavizar a sus deportistas.

No fue Donald Trump quien impidió por décadas regresar a casa a los peloteros que quedaron de este lado del Estrecho simplemente porque decidieron seguir adelante con sus carreras profesionales.

No es Donald Trump quien prohíbe ahora a los peloteros cubanos que hayan decidido buscar un futuro en las Mayores volver a la isla por al menos ocho años, tildándolos de traidores y desertores.

De hecho, sólo aquellos que hubieran firmado a tenor de este fallido acuerdo, serían elegibles para ser convocados a la selección nacional para el Clásico Mundial de Béisbol y otras competencias internacionales. Eso no lo decidió Donald Trump.

El pacto pondría fin al tráfico de peloteros cubanos a manos de mafias internacionales y eliminaría el riesgo de jugarse la vida en el mar a bordo de endebles embarcaciones.

Depende del cristal con que se mire. Simplemente hubiera cambiado el nombre del traficante. O hubiera institucionalizado el tráfico.