Pidámosle al Espíritu Santo el don de la esperanza

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Este domingo celebramos la gran fiesta de Pentecostés

Recordamos que 50 días después de Pascua y 10 días después de la Ascensión, el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo.

No sólo celebramos esa primera venida del Espíritu, sino que también le suplicamos que venga con una fuerza renovadora a la iglesia de hoy, para darnos a nosotros y a todos nuestros hermanos ese mismo valor que le concedió a la iglesia naciente.

En mayo del 2010, el Papa Emérito Benedicto VI, saludando a los participantes en un encuentro ecuménico en Múnich, hizo repetidas veces la misma pregunta:

“¿Es la iglesia un lugar de esperanza?”

Enfrentando directamente los problemas muy reales que confronta la iglesia y que hacen poner en duda cómo ella pueda comunicar la esperanza al mundo, Benedicto expresó en ese momento su confianza que el Señor mismo ha sembrado el buen grano, así que se puede confiar que Él hará que la iglesia dé buenos frutos.

La mejor manera de expresar nuestra esperanza es pidiéndole al Espíritu Santo que transforme la iglesia y nos transforme a cada uno de nosotros, para que podamos vivir verdaderamente como miembros del Cuerpo de Cristo.

Esta fue la petición que el mismo Benedicto XVI hizo en varias ocasiones en su peregrinación a los Estados Unidos en abril de 2008.

En su reunión con los Obispos estadounidenses el 15 de abril de 2008, el Papa respondió a la pregunta de un Obispo:

“Es necesario para todos nosotros que se dejen las divisiones estériles, los desacuerdos y los prejuicios, y que se escuche juntos la voz del Espíritu que guía a la iglesia hacia un futuro de esperanza”.

Así que lo primero que le suplicamos hoy al Espíritu Santo es que le conceda a la iglesia ese don tan esencial de la unidad, precisamente para poder juntos ser testigos de la esperanza.

Teniendo en cuenta todo lo sucedido en el mundo en los últimos años — COVID-19, la guerra en Ucrania, la violencia y la división en este país y en el mundo y en la iglesia — este don de la esperanza, no un optimismo ciego que quiera pretender que no haya problemas muy reales, sino una esperanza que es el gran regalo del Espíritu Santo, es esencial para la iglesia cumpla su misión en el mundo.

Al celebrar la Solemnidad de Pentecostés, pidamos que el Espíritu Santo habite en cada uno de nosotros.

Supliquemos al Espíritu hacer que la iglesia sea siempre el lugar de la esperanza, para un mundo que tanto la añora.