Pilotos y aficionados cubanos luchan por sacar a las carreras de carros de la clandestinidad

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(AP) — Congregados en una vieja pista de aviones, armados con coloridas sombrillas, bebidas y comida que trajeron de sus casas y sentados sobre improvisadas sillas rústicas o directamente en el pasto, cientos de personas desafiaron los 41 grados centígrados del calor estival de Cuba el pasado domingo para ver correr a una treintena de autos y motos y, entre bromas y gritos, animar a los pilotos.

Las competencias de vehículos están prohibidas en el país caribeño desde hace seis décadas bajo el argumento de que son peligrosas o elitistas y fomentan un ambiente de indisciplina social y apuestas, algo incompatible con los valores de la revolución cubana.

Sin embargo, desafiando la actual falta de combustible o repuestos —derivadas de la crisis económica— y los prejuicios ideológicos; pilotos y aficionados luchan ahora por hacer de estas carreras un deporte legal, sacándolas de la oscuridad de las calles donde medraron clandestinamente por años.

La última carrera profesional corrida en la isla fue el Gran Premio Cuba en 1960 —la revolución triunfó en 1959— y el vencedor fue el legendario piloto británico Stirling Moss a bordo de un Maserati Birdcage.

Pero la realidad es que pese a la prohibición, se celebran competencias a espaldas de las autoridades.

“El deporte motor en Cuba ha sido muy marginado”, dijo a la AP, Carlos Morejón, de 34 años y corredor de una moto Honda CBR 1.000 RR fabricada en 2010 con carrocería de 2014. “Tu me prohíbes correr, te voy a hacer caso, pero me voy para una vaquería (descampado), una autopista a donde no me veas. Es imparable”.

Morejón y una decena de personas con las cuales AP habló dijeron más o menos lo mismo: una apertura a esta disciplina permitiría una mayor transparencia y control.

De hecho, la del domingo fue una carrera con todos los permisos oficiales correspondientes organizada por el Club de Amigos del Motor en la antigua pista de aviación de la localidad de San Nicolás de Bari –a unos 60 kilómetros al sureste de la capital—y una muestra de ello es que contó con la presencia de una ambulancia, un carro de bomberos y cerca perimetral de dos alambrados de púas. Hubo oficiales de pista y jueces que cuando la lid se puso intensa evitaron discusiones.

Los 32 de pilotos inscriptos –20 de motos y 12 de automóviles—fueron revisados por paramédicos, se les tomó la presión arterial que se anotó en planillas, al tiempo que los vehículos y cascos pasaron una inspección.

El escenario era completamente rústico, diferente a las carreras de autódromos con gradas y altoparlantes que se ven en casi todas las capitales del mundo: la gente fue llegando a la vieja pista sobre las nueve de la mañana, instándose en los alrededores, colocando improvisadas tiendas o bajo sus sombrillas. Estuvieron ahí por lo menos ocho horas.

Los pilotos y los mecánicos se refugiaban del sol —los termómetros marcaron una sensación térmica de 41 grados centígrados— en sus antiguos Ladas, Moskvitch (rusos) y Peugeot con los que luego corrieron, unos al lado de los otros, gastándose bromas, haciendo anécdotas o intercambiando sobre aspectos técnicos: desde dónde conseguir una bomba de gasolina hasta el precio de la chapistería.

Los organizadores mismos barrieron la pista con escobas de paja e instalaron un semáforo casero que se activaba desde un asiento de auto desvencijado colocado en medio del puesto de arranque.

El efectivo artilugio fue fabricado por Ariel Camacho, vicepresidente del Club de Amigos del Motor y dueño de un taller de accesorios de goma para Lada y Moskvitch.

“Estamos tratando de sacar las carreras de la vía pública para evitar accidentes para que tengan un espacio a donde poder venir, a donde haya un ambiente deportivo”, comentó Camacho de 49 años. “Dando un ejemplo de que se pueden hacer controladas (las competencias) y que no pase nada”.

Las carreras del domingo fueron de aceleración a lo largo de 400 metros y los pilotos con sus máquinas realizaban tres pruebas en grupos de a dos, uno por cada carril.

Con una mayor apertura de la última década en Cuba –a partir de 2010 se comenzó una reforma que legalizó desde la compra venta de vehículos y casas, hasta una ampliación de la iniciativa privada y la creación de pequeñas y medianas empresas–, el organizador Camacho espera que llegue el turno de un incremento del apoyo y desprejuicio hacia su deporte favorito.

Incluso, comentó Camacho, que se permitan los patrocinadores o sea empresas o personas ligadas al mundo del motor que mejoren las condiciones de las pistas o ayuden a los pilotos y mecánicos que suelen trabajar sin cobrar nada, solo por ver correr a sus vehículos.

Este domingo la pista vio brillar Ladas y Moskvitch —los vehículos más populares en Cuba que quedaron de alianza con la desaparecida Unión Soviética— y algún Peugeot. En las motos hubo Jawa, MZ y Suzuki —el Club local de los dueños de ciclos de esta última marca es otro de los organizadores de las carreras—. No hubo premio en metálico, sino que se les entregó una pequeña escultura.

En las ocasiones en que se pudieron concertar estas esporádicas carreras en este año —en la pasada década Amigos del Motor realizó sobre todo exhibiciones de habilidad— hubo también competencias de vehículos grandes y automóviles clásicos, muchos de ellos estadounidenses de la década los 50, pero Camacho y otros participantes anhelan junto con la legalización y el apoyo, la incorporación a futuro de vehículos nuevos.

“Ya están importando muchos carros modernos al país, (cuyos dueños) en algún momento descubrirán esto. Son bienvenidos”, expresó entusiasmado Camacho, mirando la pista.

La crisis económica que atraviesa la isla y las dificultades para conseguir piezas de repuesto o combustible son una de las quejas más recurrentes de los pilotos y técnicos que incluso tienen que importarlas o conseguir amigos que las traigan, pero ni eso significa un alto para los apasionados.

La mayoría de los espectadores se enteraron por el boca a boca o por páginas de Facebook de los clubes de su interés.

“Nos gusta el deporte, la adrenalina de ver correr las motos y los carros. Es un buen entretenimiento”, dijo a la AP desde las improvisadas gradas, Kenia Mariño, una educadora de círculo infantil, de 46 años, quien llegó junto a su hija, su hermano y su cuñada. Su esposo es el verdadero aficionado a las motos y por primera vez pensó en acompañarlo. Repetiría la asistencia, aseguró.

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Andrea Rodríguez está en Twitter como www.twitter.com/ARodriguezAP