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Quien haya presenciado las elecciones generales recién culminadas en Cuba no tendrá ninguna duda de que ha sido una de las tragicomedias mejor concebidas y logradas a lo largo de toda la historia humana.

¿Elecciones de qué? Este es el sentir silenciado de la mayoría de los cubanos, forjado por seis décadas de cruel censura, miseria y terror.

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La primera desfachatez apareció en escena cuando la Presidenta de la Comisión Nacional Electoral se dispuso ante los diputados representantes de los dictadores, a dar a conocer los nominados a los cargos de presidente, vicepresidente y secretario de la Asamblea Nacional, irónicamente llamada”del Poder Popular”.

Qué horror. Un solo nominado para cada una de las plazas, y una vez conocidos estos, los desvergonzados diputados, comenzando por el general presidente, votaban, haciendo gala de una falsa voluntad del pueblo, por los máximos representantes del máximo órgano de poder del Estado. Esas son, señores, las elecciones en Cuba: se realizan a puertas cerradas. Las otras, las que todos vemos, son una copia fiel, impuesta por las primeras, acuñada por la sombra de la censura y el terror.

Hay que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que el discurso pronunciado por el reelecto presidente de la Asamblea ya estaba elaborado no se sabe desde cuando; y esto el pueblo lo sabe.

Lo mismo sucedió con el nuevo presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel, con la única diferencia que este obtuvo el 99,83 % de los votos, mientras que aquel, un 100 %.