El Día de Muertos en México a través de los sentidos

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(AP) — El Día de Muertos mexicano huele a cempasúchil y copal. Sabe dulce. No faltan los colores, las fotos ni las velas. Tampoco la música sobre las tumbas, ni las manos artesanas que preparan un altar o confeccionan alguno de sus elementos.

Sus raíces están en las culturas prehispánicas y, siendo patrimonio “inmaterial” de la humanidad, supone una fiesta para todos sentidos aunque alguno te falle. Gerardo Ramírez, casi ciego durante años y ahora con una fuerte discapacidad visual lo resume con una frase: “Honras a las personas, conectas con el pasado”.

EL OLOR QUE GUÍA DESDE EL INFRAMUNDO

El intenso aroma del cempasúchil —que en náhualt significa “flor de veinte pétalos”— y del copal, la resina vegetal purificadora que se quema en los altares, son los encargados de mostrar a los muertos el camino de regreso desde el inframundo.

Tan fuerte es el aroma de las flores naranjas que su especie más criolla, el cempasúchil ‘clemole’ “tantito lo mueves te dice ‘Aquí estoy, voltea a verme’”, explica Verenice Arenazas, una joven de 28 años, que cambió los Recursos Humanos por el campo para seguir con la tradición de su familia.

Este año, ha producido 17.000 plantas de cempasúchil en Xochimilco, la zona lacustre al sur de Ciudad de México. Y asegura feliz que las han vendido casi todas, tanto las criollas, cuyas semillas la familia selecciona de un año para el otro y que tienen un olor mucho más penetrante, como las modificadas genéticamente para que tengan flores más perfectas y llamativas.

A Arenazas, el cempasúchil le huele a “dulce, frescura y puro trabajo” de los campesinos que, como ella, dedican jornadas interminables a cuidar las flores. También a “orgullo mexicano”, dice, ante la satisfacción que le produce “que una persona tenga algo que yo trabajé durante cuatro meses”.

EL ALIMENTO DE LOS MUERTOS
La comida representa en los altares de muertos el símbolo de la tierra. Y el dulce por excelencia es un pan con fragancia de azahar o naranja aunque en sus orígenes, según los investigadores de la Escuela Mexicana de Gastronomía, se preparaba con una masa de amaranto mezclada con sangre humana y miel para ofrecer a los dioses.

Otros historiadores creen que los españoles, asustados por los sacrificios humanos, hicieron un pan de trigo bañado en azúcar pintado de rojo para simbolizar un corazón.

Hoy tiene un sitio privilegiado en los altares junto a la comida y la bebida favorita del muerto. Luego “la ofrenda pierde sabor… Porque en sí los difuntos vienen, lo que se comen es la esencia”, explica Gerardo Ramírez, que cuando perdió casi totalmente la vista tuvo que reconectarse con el mundo y la tradición.

Esa comunión entre los vivos y los muertos Ramírez, de 49 años, la explica con un ejemplo de cuando era niño que le dejó impactado. Cuando murió su tío, pusieron el cuerpo sobre la mesa hasta que llegó el ataúd y después, todos se sentaron a comer en ese lugar.

MANOS QUE CREAN, QUE PREPARAN EL ALTAR
La preparación del altar es uno de los mayores placeres para muchos mexicanos. “Sentir la frescura de las flores, donde pusiste la comida, muchas texturas… Son una bomba de sensaciones”, cuenta Ramírez.

Se suelen incluir en ellos muchas artesanías, desde esqueletos en papel mache a alebrijes (figuras de animales imaginarios), pero lo que no pueden faltar es el “papel picado”, esas las finísimas hojas de papel de colores troquelado con dibujos, que en algunos lugares de Ciudad de México todavía se elaboran a golpe de martillo y cincel, como en el taller de Yuriria Torres, situado en el sur de la capital.

“Es como ir esculpiendo” una obra de arte, cuenta Torres, que intenta seguir haciendo todo el proceso a mano, huyendo de plantillas o cortadoras láser.

Algunos ligan ese arte a las láminas de corteza del árbol del amate que los pueblos prehispánicos usaban como papel aunque, entonces, no los troquelaban. Esos cuidadosos recortes se cree que vienen de China, grandes artesanos del papel, y que llegaron a México de mano de los españoles.

En lo que los investigadores coinciden es que simboliza el aire o la unión entre la vida y la muerte. Tal vez por eso, las escenas que Torres representa son calaveras o esqueletos bailando, comiendo o cualquier otra actividad de la vida diaria.

MÚSICA SOBRE LA TUMBAS

Aunque algunos mexicanos de mayor edad recuerdan como sonido característico de estas fechas el rumor de los rezos en honor a los difuntos, las guitarras o las voces de los mariachis son las notas que proliferan estas fechas junto a las adornadas tumbas de muchos panteones.

José García, un limpiabotas de 60 años, cuenta como en su pueblo, San Antonio Pueblo Nuevo, a 140km al oeste de la capital, quien tiene dinero lleva a los músicos al cementerio donde corre el alcohol y las canciones que le gustan a cada “muertito”.

Otros, lo que llevan son “sus grabaciones o sus bocinas… Porque no hace falta tener dinero para disfrutar” junto a los seres queridos que faltan.

No hay sonatas características de estas fechas. Algunos recuerdan canciones como “La llorona” que cuenta la leyenda del alma en pena de una mujer que ahogó a sus hijos. Los más jóvenes, las de la película “Coco” y su guitarra michoacana. Y otros, rancheras como “El puño de tierra”, en la que se aboga por darle ”gusto al gusto” porque será esa tierra en una mano lo único que el hombre se lleve a la otra vida al morirse.

COLORES, FOTOS CONTRA EL OLVIDO
Aunque el Día de Muertos es, por excelencia, un espectáculo visual lleno de sincretismo entre las distintas creencias, su objetivo básico es no olvidar a quien ha muerto para que no desaparezca.

Las fotografías de los seres queridos se colocan en el lugar preferente de los altares. Los colores inundan todo. El naranja del cempasúchil, el negro del inframundo, el morado vinculado a la religión católica, el rojo de los guerreros o el blanco para los niños.

El recuerdo no solo es individual, también colectivo. Algunos altares en la principal universidad pública del país, la Universidad Nacional Autónoma de México, de tradición más política en sus ofrendas, recordaban a estudiantes asesinados y a los muertos palestinos en guerra entre Israel y Hamas. Otras veces el recuerdo es institucional. Como la gran ofrenda del Zócalo de la capital en honor al revolucionario Pancho Villa en el centenario de su muerte.

Más allá de lo visual, lo importante es “meterte” en la ofrenda, conectar con ese pasado e ir más allá de los sentidos, insiste Ramírez. “No es algo que te expliquen: desde que naces y empiezas a vivir la celebración, viene en tu ADN”.