Historias de ciudad de inmigrantes vapuleada por COVID-19

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Gilda Hernández visita la tumba de su madre, María Cristina Pineda, fallecida por el COVID-19, en un cementario de East Providence, Rhode Island, el 2 de mayo del 2021. Allí reza junto a sus hijos Christian, de 12 años (izq) y Ángel, de 8. La familia es de Guatemala. (AP Photo/David Goldman)

(AP) — La gente transitaba lo más rápidamente posible por las distintas paradas del gimnasio de una secundaria donde se aplican inyecciones contra el COVID-19 y luego se sentaba en sillas plegadizas de metal, prestadas por la sociedad de los Caballeros de Colón.

Finalmente se estaban inmunizándose contra el coronavirus. Pero nadie celebraba.

Central Falls, la ciudad más pequeña y pobre del estado más pequeño del país, es una de las más golpeadas por el virus. Hay dolor y sufrimiento por todos lados. El deceso de un marido. La madre que llegó de Guatemala en busca de una vida mejor y encontró la muerte. El cura polaco que entierra un feligrés tras otro.

Una ola de contagios tras otra.

Central Falls está acostumbrada a luchar contra la adversidad. Moonshine, la bebida con alto contenido alcohólico que se popularizó durante la década de 1920, cuando se prohibió el consumo de bebidas alcohólicas, y causó estragos. La cocaína en los años 80. Apuestas ilegales en los 40 (los policías que trataron de cerrar las casas de apuestas ilegales eran despedidos). Cierres de fábricas después de la Segunda Guerra Mundial. Todo esto contribuyó al deterioro económico de la ciudad, la pobreza y finalmente la bancarrota en el 2011.

Central Falls siempre fue una ciudad con alto porcentaje de inmigrantes. Inicialmente eran franco-canadienses, irlandeses, griegos y sirios, entre otros. Hoy mayormente latinoamericanos, que lucían estoicos en el gimnasio de este aciago sábado. Algunos charlaban en voz baja. Otros miraban sus teléfonos.

Si uno les preguntaba, les contaban los padecimientos del último año de pandemia. Lo que sufrieron, cómo enfrentaron el virus, todo lo que perdieron.

A un costado, sentada casi debajo del aro de la cancha de básquetbol, estaba Christine McCarthy, de 65 años, con diabetes. Se sentía aliviada de haberse inoculado y hablaba mucho de su esposo John, quien después de 40 años de matrimonio, tres hijos, enfermedades y tiempos duros, le seguía cantando. Se sentaba en la cama, tomaba su guitarra acústica y su voz llenaba la habitación.

El 1ro de enero, John McCarthy falleció por complicaciones asociadas con el COVID-19.

“Esa es mi historia”, dijo la mujer llorando.

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La llamada al 911 (emergencias) llegó al anochecer desde un pequeño departamento en una calle con unidades repletas de gente.

Fue a fines de marzo del 2020.

Cuando Andrés Nunes ingresó a la vivienda en la planta baja, esto es lo que vio: Un departamento de dos dormitorios lleno de gente y de cosas. Ropa, sábanas y frazadas por todos lados. Habían corrido la mesa de la cocina hacia un costado para abrir espacio. No alcanzaban las camas y había al menos una persona durmiendo en un sofá.

Nunes recordaba ese día más de un año después, en el departamento de bomberos. Dijo que apenas vio esa escena, “supe lo que se nos venía”.

Pocas semanas después se produjo en Estados Unidos la primera muerte por el COVID-19. Hacia fines de marzo, el mundo observaba las ambulancias con sus sirenas que recorrían constantemente la ciudad de Nueva York.

No muy lejos de la Gran Manzana, en un rincón poco conocido de New England, el coronavirus empezaba a expandirse.

En el departamento vivían siete u ocho personas de una misma familia, según Nunes. Cinco estaban enfermas. Los síntomas eran los típicos del coronavirus: Dolores corporales, dolores de cabeza, tos.

Eran inmigrantes guatemaltecos que no hablaban inglés y que se negaron a ir al hospital a menos que pudiesen ir todos juntos. Eso era imposible por las restricciones en vigor. Dado que nadie corría un peligro inmediato, el personal que respondió a la llamada dejó información acerca de las pruebas del COVID-19, con instrucciones sobre lo que había que hacer si alguien se contagiaba.

Esa noche no murió nadie. Nadie fue llevada al hospital. Pero el personal que respondió a la llamada quedó sacudido por la experiencia.

“Ese día nos dimos cuenta de que teníamos algo grande entre manos”, dijo Nunes.

Nacido en Colombia, Nunes sabe lo que es la vida de los inmigrantes pobres. Vive en Central Falls desde los 15 años y completó la secundaria en la Central Falls High School. Su familia vive en la ciudad.

Sabe que Central Falls es un sitio ideal para la propagación del virus. Unas 20.000 personas viven amontonadas en 3,3 kilómetros cuadrados (1,3 millas cuadradas), en edificios estrechos de tres pisos, pegados uno con otro, típicos de los barrios obreros de Rhode Island y Massachusetts. Los departamentos con frecuencia albergan familias enteras. Padres, hijos, nietos, primos y amigos que conviven en pequeños espacios.

Al hacinamiento se suma la realidad del mercado laboral.

Central Fallas es una ciudad de gente humilde. Personal de limpieza, trabajadores de depósitos, cajeros y otros oficios que no se pueden realizar desde la casa. Se sabe que el virus afecta de forma desproporcionada a los pobres y en Central Falls más del 30% de la población vive por debajo del nivel de pobreza.