Jugar a la guerra

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Ante las críticas y los comentarios generados por la salida de las tropas de los Estados Unidos de Afganistán, decido romper brevemente mi compromiso personal de no intervenir en asuntos de carácter internacional para tratar de entender, por lo menos en parte, una enfermedad norteamericana que pocos identifican y muchos menos comentan. Esa enfermedad histórica tiene por nombre “Guerra”.

Desde 1776, año en el cual se firmó nuestra Declaración de Independencia y se dio el primer paso a la creación de lo que hoy conocemos como los Estados Unidos de América, está nación ha experimentado solamente quince años de paz. Puesto en perfecta perspectiva matemática, en doscientos cuarenta y cinco años de historia, este país nuestro, que se autodenomina paladín de la democracia y cuna del respeto a los derechos de los demás, ha estado envuelto en algún tipo de conflicto bélico por doscientos treinta años.

Estos períodos de guerra incluyen cuatro años de guerra civil entre el norte y el sur de nuestra nación cuya principal motivación fue la negativa de los estados sureños a emancipar o liberar a los esclavos, con cuyo brazo se sostenía la economía agrícola de esa región. Es triste y a la vez preocupante que, al día de hoy, muchos pretenden sostener las prácticas y argumentos de aquella época para justificar sus convicciones de racismo e intolerancia. Esa guerra “fría” continúa amenazando nuestra convivencia democrática en el Siglo veintiuno.

Pienso que hubo intervenciones bélicas justificadas durante nuestra historia. Nuestra participación en la Primera y la Segunda Guerra Mundial en las cuales una nación o grupo de naciones hizo un intento de dominar y gobernar el mundo entero o la mayor parte de éste constituyen episodios de lo que podríamos reconocer como actos de supervivencia sociopolítica en defensa de nuestros principios de convivencia democrática frente a la unilateralidad del fascismo y el nazismo que amenazaban al mundo.

Sin embargo, hemos invadido países y territorios sin que exista razón o evidencia que justifique nuestra presencia o intervención allí.

Esas “entradas” no validadas por la historia, como nuestra presencia en Afganistán por más de veinte años, son las que constituyen nuestros peores fracasos y cuyas salidas nos han causado más dolor y preocupación.

Tenemos que darnos cuenta de que a través de jugar a la guerra no podemos cambiar al resto del mundo. Cada país tiene el derecho a vivir a base de sus propias tradiciones y valores. No se justifica que invadamos a Afganistán invocando el derecho de las mujeres a la igualdad, pero mantengamos lazos de amistad con Arabia Saudita, donde el abuso a los derechos de la mujer es marcadamente similar y, dicho sea de paso, es el país de procedencia de todos y cada uno de los participantes de los actos terroristas del 9/11.

A la postre, los dos grandes beneficiarios de estos juegos de guerra son los grandes intereses económicos y la industria armamentista.

Los grandes perdedores son nuestra atrasada infraestructura, nuestra incapacidad para levantar a nuestras clases más pobres con ese dinero invertido en cosas que matan y explotan y la angustia de cada madre y cada familia que ha perdido a sus hijos en estos juegos de guerra.

Por esas razones favorezco nuestra salida de Afganistán y a la vez ruego que comience en nuestra nación la época de los “juegos de paz”.