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Colombia (AP) — Anahis Alvarado, cuya lucha contra una falla renal es cada vez más desesperada debido a la imparable crisis en Venezuela, no ve el momento en que lleguen suministros médicos y alimentos de emergencia.

En los últimos años ha visto morir a cinco pacientes más de su grupo de diálisis por una atención deficiente. Solo funciona una cuarta parte de las máquinas de diálisis en la clínica gubernamental de Caracas donde recibe tratamiento.

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Y la semana pasada tuvo que gastar casi una tercera parte del ingreso mensual familiar comprando suministros básicos como guantes quirúrgicos y jeringas que el gobierno en quiebra del presidente Nicolás Maduro ya no puede proveer.

“Estamos perdiendo tiempo”, dijo Alvarado, de 32 años.

Pero tiene esperanza de que pronto llegue la ayuda.

A unos 1.000 kilómetros (620 millas) de distancia, en la ciudad colombiana de Cúcuta, los opositores de Maduro rápidamente trazan planes con funcionarios de Estados Unidos para abrir un “corredor humanitario” para entregar los muy necesitados alimentos y medicamentos.

El convoy de ayuda es considerado una prueba clave para Juan Guaidó después de que el líder opositor se declarara presidente encargado, un abierto desafío a la autoridad de Maduro que ha recibido el respaldo de casi 40 países de todo el mundo.

Sin embargo, lograr que la comida llegue a Venezuela no es tarea fácil.

El miércoles, una barricada improvisada con un camión cisterna, una reja enmarañada y dos contendores de carga atravesados en el puente que conecta a ambos países, reflejaba el persistente rechazo de Maduro a cualquier apoyo externo.

“No somos mendigos”, dijo el asediado líder socialista en un discurso ante soldados el lunes.

La confrontación obstaculiza la labor de las organizaciones de asistencia internacionales, que dicen que el tema de la ayuda humanitaria está siendo utilizado como arma política por ambos bandos.

El gobierno de Maduro ha negado enfáticamente la existencia de una crisis humanitaria que, en años recientes, ha obligado a unos 3 millones de venezolanos a huir, mientras entrega cupones de alimentos altamente subsidiados para lograr apoyo entre los pobres, sobre todo antes de las elecciones.

Mientras tanto, la oposición jura que procederá a toda costa con su plan de ayuda en un intento de poner fin al fuerte apoyo del ejército a Maduro.

“Hay que tomar una decisión muy clara”, dijo el martes Miguel Pizarro, el legislador que coordina el plan de asistencia, en comentarios mordaces a las fuerzas armadas. “O se está del lado del problema, o se acompaña a un pueblo que tiene necesidades”.

El Comité Internacional de la Cruz Roja es uno de los grupos que han lanzado advertencias por la retórica cada vez más intensa. El martes reiteró su oferta para distribuir ayuda humanitaria, pero solo si las autoridades acuerdan que el apoyo llegará con seguridad a quienes lo necesitan y no se politiza.

“Ahora, ambas partes comparan músculos para ver quién es más fuerte”, dijo Daniel Almeida, asesor legal de CARE, una agencia humanitaria con sede en Suiza. “Pero a la persona que realmente necesita la asistencia, no le importa de dónde proviene”.

El gobierno del presidente Donald Trump ha jurado dar 20 millones de dólares en ayuda humanitaria al gobierno de Guaidó, además de los más de 140 millones de dólares que ya ha entregado a los países sudamericanos que absorben el éxodo de los migrantes venezolanos. Canadá ha prometido dar otros 53 millones de dólares a Guaidó.

El asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos John Bolton tuiteó la semana pasada una fotografía de cientos de cajas con la bandera estadounidense impresa que contienen alimentos ya preparados para los “niños desnutridos”, y afirmó que están listas para ser entregadas.

El alarde ha alarmado a algunas organizaciones benéficas internacionales, que se preocupan de que la verdadera intención sea exponer la obstinación de Maduro y obtener argumentos para una intervención militar por motivos humanitarios, una medida que se sumaría a otras adversidades.

Bolton dijo que respondía a una petición de Guaidó, quien anunció durante un evento el fin de semana pasado que montaría tres puntos de recolección de ayuda: en Cúcuta, y otros en Brasil y el Caribe.

Las entre 30 y 40 toneladas de ayuda incluyen galletas altas en proteína y fórmula para bebés, según un funcionario de Estados Unidos que habló bajo condición de anonimato porque no estaba autorizado para discutir el plan.

Cúcuta se ha convertido en el principal destino para los venezolanos que viajan largas distancias a la ciudad en una búsqueda desesperada de alimentos y medicamentos.

Alvarado dijo que si no fuera por una amiga que hizo el viaje en su lugar la semana pasada, no tendría el antibiótico que necesita para una infección. Pagó por la medicina con dinero de una tía en Argentina porque su familia, antes perteneciente a la clase media, pasa apuros para sobrevivir con la escasa pensión de retiro de la madre, que equivale a unos 8 dólares al mes.

Durante sus sesiones de diálisis a las que arriesgadamente les quitaron una hora para compensar la falta de máquinas y suministros, Alvarado se mantiene ocupada escribiendo poesía. Su más reciente poema, escrito un día antes de que los venezolanos salieran a las calles en apoyo a Guaidó, es una oda a una Venezuela con farmacias llenas de medicinas con la que sueña.

“Quiero curarme para poder ayudar a los demás”, dijo. “Todos somos víctimas y todos tenemos que trabajar para que Venezuela resurja”.

En Cúcuta, los voluntarios han estado a la espera durante días para asistir con la llegada de la ayuda, pero no han recibido información de cómo entrará a Venezuela.

“Está creando expectativas muy grandes”, dijo Francisco Valencia, director de CODEVIDA, una coalición de grupos venezolanos de promoción de la salud. “Si la transición no existe cuanto antes, no va a haber la verdadera ayuda humanitaria que necesita Venezuela”.

Cáritas, una beneficencia operada por la Iglesia católica, calcula que la desnutrición infantil se duplicó con creces el año pasado, mientras que 48% de las mujeres embarazadas en barrios de bajos ingresos están desnutridas.

Entre quienes esperan en el limbo está Aminta Villamizar, una empleada de limpieza retirada que perdió la pierna derecha y le faltan dos dedos en el pie izquierdo porque no encuentra suficiente insulina para tratar su diabetes.

Acostada en una cama en su departamento en Caracas, espera mientras su nieto Antonio toma sus niveles de azúcar en la sangre. Aunque está por arriba de lo normal, rechaza la inyección que le ofrece, prefiriendo guardar sus escasos medicamentos y, en su lugar, rezar a una imagen del doctor José Gregorio Hernández, un médico venezolano del siglo XIX que atendió a los pobres y en el país es considerado un santo.

Fui “una persona que trabajó toda mi vida, pero esa enfermedad me agarró y me tumbó”, dijo. “Si uno no tiene la ayuda, tiene que resignarse a lo que Dios mande”, agregó.

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Goodman reportó desde Caracas, Venezuela.