Lanzarse al océano, naufragar y seguir amando el mar: los meses a la deriva de un hombre y su perra

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(AP) — ¿Por qué un hombre se monta en una pequeña embarcación a cruzar un océano?

A lo largo de la historia algunos exploradores lo han hecho para confirmar o negar teorías, otros para batir récords. El australiano Timothy Lyndsay Shaddock, que partió del noroeste de México en un catamarán con destino a la Polinesia francesa y quedó a la deriva meses en compañía de una perrita, no sabía qué contestar nada más llegar a tierra firme en el barco atunero que le había rescatado.

“Una buena pregunta”, dijo mientras reflexionaba. “No estoy seguro de saber la respuesta”.

Pronto comenzó a hablar de su amor por la navegación, el mar y su gente, un mundo, según describió, de naturaleza y solidaridad que le sigue apasionando aunque igual tarda un poco en regresar a él, dijo riéndose.

Shaddock, de 54 años, llegó el martes al puerto mexicano de Manzanillo. Estaba sonriente y de buen humor. Su larga barba rubia y su delgadez eran la viva imagen de un náufrago. Sus reflexiones parecían más las de asceta, que pese a su confesada timidez no había perdido el sentido del humor ni su optimismo.

“Intenté buscar la felicidad dentro de mí y encontré mucho de eso estado solo en el mar”, explicó. Y aunque reconoció que “hubo muchos, muchos, muchos días malos”, de los que no pudo hablar cuando la prensa le preguntó, también aseguró que hubo “muchos días buenos”, como cuando se zambullía en el mar o sentía que su perrita Bella le animaba a seguir adelante. O esa luna llena de primeros de mayo que le acompañó cuando perdió de vista la costas del sur de la península de Baja California.

Shaddock planeaba regresar a Australia y encontrarse con amigos y familia, pero reconocía ser un hombre al que le gustaba la soledad y dijo que si algo aprendió con esta experiencia fue sentir que “tu familia es todo el mundo, toda la naturaleza”.

“Disfruté estando en el mar, estando ahí fuera” dijo. “Pero cuando las cosas se ponen duras tienes que sobrevivir”.

Y se pusieron mal. A las pocas semanas de viaje, una tormenta inutilizó su catamarán y le dejó sin aparatos electrónicos y sin forma de cocinar. El australiano no ofreció muchos datos de esos momentos pero las imágenes del barco tomadas durante el rescate lo mostraban sin vela.

Aunque dijo que había zarpado con muchas provisiones, él y Bella acabaron sobreviviendo a base de pescado crudo. La lluvia garantizó algo de agua.

Los marineros, sobre todo aquellos que viajan solos, se acostumbran a vivir —e incluso dormir— en medio del trabajo constante que impone cualquier barco y el imprevisible mar. En su caso, se pasaba el día arreglando cosas en su embarcación y por eso lo que le más le faltaba era energía. “La fatiga es lo más duro”, indicó.

El helicóptero del barco atunero María Delia fue la primera señal de humanos que había visto en tres meses, comentó. Estaban a unos 1.930 kilómetros de la costa. El piloto le aventó una bebida al náufrago y luego se fue, para regresar más tarde con una lancha rápida del María Delia. “Me hizo sentir que iba a vivir”.

Parte de ese encuentro fue grabado en vídeo. Rodean el catamarán, con una bandada de aves marinas blancas posadas en su doble casco mientras Shaddock se pone en pie y Bella mueve la cola. Un miembro de la tripulación del Maria Delia le pregunta si habla inglés, si se encuentra bien y si lleva drogas o armas a bordo. Al principio, el australiano sólo repite roncamente: “Gracias, gracias”. Pero se muestra coherente, les invita a inspeccionar el barco y les entrega el cuchillo que cuelga de su cuello.

Grupomar, la empresa que opera el barco atunero, señaló en un comunicado que Shaddock y su perrita se encontraban en una situación “precaria” cuando fueron encontrados, sin provisiones ni refugio, y que la tripulación del buque pesquero les brindó atención médica, alimentos y líquidos.

Shaddock dijo que el buque atunero se volvió “su tierra” y los marineros su familia.

Bella fue un éxito inmediato entre la tripulación. El australiano se la encontró en México y trató de buscarle casa en tres ocasiones pero no lo consiguió. “No me dejaba…. Ella siempre me seguía al agua. Ella es más valiente que yo, de eso estoy seguro”.

Quizás por esa razón, el martes, Bella no abandonó el barco hasta que Shaddock ya se había ido. El australiano había elegido a Genaro Rosales, un miembro de la tripulación oriundo de Mazatlán, para que la adoptara bajo la condición de que cuidara bien de ella.

Ha habido otras historias de supervivencia en el océano pero no todas terminan bien. En 2016, un pescador colombiano fue rescatado tras pasar dos meses a la deriva en el Pacífico después de que el motor de su lancha se averiara. Tres de sus compañeros murieron.

Dos años antes, un pescador salvadoreño llegó a la costa del diminuto atolón de Ebon, en las Islas Marshall, tras permanecer a la deriva durante 13 meses, según su testimonio. José Salvador Alvarenga salió de México para pescar tiburones. Dijo que sobrevivió a base de peces, aves y tortugas antes de que su embarcación llegara a una costa a 8.850 kilómetros de distancia pero su compañero, un pescador mexicano, no lo logró y murió meses antes.

En otros casos, las embarcaciones se encuentran, pero sin supervivientes o se pierden por completo.

Antonio Suárez Gutiérrez, presidente fundador de Grupomar, dijo que éste podría ser el último viaje del María Delia debido a que está modernizando la flota de la compañía y a que éste es el buque más pequeño y más antiguo, con más de 50 años. De ser así, sería una “despedida maravillosa, salvando vidas humanas”, comentó.

Shaddock le abrazó agradecido nada más pisar tierra firme. Suárez le invitó a comer para celebrar el rescate, la vida. Cuando la prensa le preguntó que le apetecía de cena, el australiano, risueño y feliz contestó con dos palabras mientras se metía en el coche: “atún crudo”.