
Mañana, sábado 29 de junio, celebramos la solemnidad de San Pedro y San Pablo.
Al día siguiente, el 30 de junio, la Iglesia Católica normalmente celebra la memoria de los Santos Protomártires de la Iglesia de Roma (una memoria suprimida este año al caer en domingo).
Luego de recordar al primer Papa y al gran evangelizador de los gentiles, recordamos a muchos de sus discípulos, que sufrieron en la persecución del Emperador Nerón, en el año 64 d.C.
Nos presenta una buena oportunidad esta memoria para recordar lo que significa el martirio, ya que es un fenómeno que sigue teniendo mucha importancia para los cristianos. Escribió Tertuliano en el siglo III, “la sangre de los mártires es la semilla de los cristianos”.
Con esta imagen, insiste que la muerte de un cristiano que da su vida por Cristo será fructífera.
¿Qué significa ser ‘mártir’? El término viene de la palabra griega “testigo”.
Ser mártir es ser testigo de Cristo, sin importarnos el precio. Todos somos llamados por lo tanto a ser mártires en este sentido general.
Todos tenemos la misión de anunciarle al mundo la Buena Nueva sobre Jesús, y de hacerlo de una manera convincente, con palabras y obras.
Muy pronto en la historia cristiana, se llegó a llamar mártir al cristiano que dio testimonio de su fe en Jesucristo, pagando el precio supremo, dando su vida por Cristo.
Parece ilógico, pero hay muchas evidencias de los primeros siglos de cristianos que iban gozosos al martirio, porque sabían que estaban preparándose para gozar de la resurrección de Jesús, y que su muerte no era en vano, sino que era una participación en la muerte del Señor.
Ya en los Hechos de los Apóstoles, el martirio del protomártir (primer mártir) san Esteban, es presentado como una imitación de la muerte de Jesús.
Como Jesús, Esteban muere fuera de la ciudad de Jerusalén, él le ofreció su espíritu a Jesús como éste se lo había encomendado a su Padre celestial, y él dijo palabras muy parecidas a las palabras misericordiosas de Jesús en la Cruz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (cf.Hechos 7, 55-60).
Con respecto al martirio, dice lo siguiente el Catecismo de la Iglesia Católica: “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe ; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado , al cual está unido por la caridad . Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza” (#2473).
En el próximo párrafo, el Catecismo nos presenta una oración de san Policarpo, martirizado en el año 155: “Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora , digno de ser contado en el número de tus mártires … Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad . Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén”.
Nos podría parecer que las historias de los mártires fueran anécdotas de un pasado lejano. Sin embargo, no es así.
El martirio sigue siendo una realidad muy actual en la Iglesia. Se ha calculado, de hecho, que murieron más mártires en el siglo XX que en todos los 19 siglos de la época cristiana que lo habían precedido.
En los primeros años del siglo XXI se han visto muchos martirios más. Casi todos los meses hay nuevos reportes de distintas partes del mundo.
En el Gran Jubileo del Año 2000, San Juan Pablo II convocó a todas las Iglesias y comunidades cristianas a una celebración ecuménica de los mártires del siglo XX, en el Coliseo, sitio asociado con la muerte de muchos de los primeros mártires.
En esa ocasión, dijo lo siguiente: “El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna’ (Jn 12,25)….Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia.
Pero los testigos de la fe, que también esta tarde nos hablan con su ejemplo, no buscaron su propio interés, su propio bienestar, la propia supervivencia como valores más grandes que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron firme resistencia al mal.
En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor”.
Con San Pedro y San Pablo y todos los mártires, demos testimonio de nuestra fe en Cristo.



