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Mientras la historia recuerde a Donald Trump, habrá un día que vivirá en la infamia.

La cumbre del presidente de Estados Unidos con su homólogo ruso, Vladimir Putin, en Helsinki este lunes ya es uno de los momentos más notorios en las tortuosos relaciones entre Washington y Moscú.

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La humillación de Trump está tomando su lugar junto a los moretones de John Kennedy en manos de Nikita Khrusev, en 1961, y George W. Bush mirando a los ojos de Putin y tratando de descifrar su alma.

Igual que todos esos momentos en la tradición de las cumbres de Estados Unidos y Rusia, es probable que los eventos que se desarrollaron este lunes tengan unas reverberaciones políticas y geopolíticas significativas e impredecibles en Estados Unidos y en todo el mundo.

El hecho de que Trump favorezca la negación de Putin de las acusaciones de interferencia en las elecciones formuladas por la comunidad de inteligencia de Estados Unidos no solo fue la demostración más miserable de cualquier presidente en el extranjero, sino que podría ser el momento que finalmente validara las afirmaciones de que Trump valora sus propios intereses por encima de los de Estados Unidos.

La pregunta más obvia —¿por qué Trump cedió tan espectacularmente ante Putin?— al parecer seguirá nublada en el futuro, al menos hasta que el fiscal especial Robert Mueller encuentre evidencia de que el presidente de Estados Unidos está en deuda con el líder ruso.

Pero habrá consecuencias más profundas en Washington y más allá.