Prisiones en Haití severamente superpobladas; los presos mueren de sed y hambre

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Decenas de personas reunidas frente a la Penitenciaría Nacional de Haití, en el centro de Puerto Príncipe, aguardando su turno para entregar alimentos a sus familiares encarcelados, el jueves 1 de junio de 2023. La Universidad de Florida publicó en diciembre de 2022 un estudio que encontró que los presos en Haití sufrían hambre, consumiendo menos de 500 calorías al día. (AP Foto/Odelyn Joseph)

(AP) — El recluso demacrado con pantalones cortos negros yacía sobre una estera delgada en la prisión más notoria de Haití, la Penitenciaría Nacional en Puerto Príncipe, aislado de otros reclusos debido a una tuberculosis resistente a los medicamentos.

Se incorporó lentamente para hablar con un reportero visitante. Más de 70 pacientes de tuberculosis se reunieron en la puerta de la celda vecina para quejarse de su sufrimiento mientras están detenidos, muchos de ellos por delitos menores, como hurto.

“¡No tenemos agua!”, gritó uno, mientras sus compañeros de prisión decían que recibían su comida tarde o no llegaba.

Los reclusos haitianos tienen sed, están hambrientos y duermen de pie porque no tienen suficiente espacio para acostarse. Naciones Unidas dicen que 185 reclusos murieron en Haití el año pasado, muchos de ellos por enfermedades relacionadas con la desnutrición. Más de 20 han fallecido en lo que va de este año. Los expertos en derechos humanos y los abogados creen que el número aumentará, dado que la violencia de las pandillas provoca una escasez grave de combustible y alimentos.

“Temo que se avecina una catástrofe humanitaria”, advierte el abogado Arnel Rémy, coordinador de la Asociación de Abogados para la Defensa de los Derechos Humanos de Haití.

Más del 80% de los más de 11.400 reclusos de Haití se encuentran en prisión preventiva. Podrían pasar años antes de que vean a un juez, si es que lo ven, según expertos en derechos humanos. La ley permite que las personas sean detenidas legalmente sin cargos durante solo 48 horas, pero con frecuencia eso no se cumple en Haití.

El año pasado, el gobierno de Haití liberó a más de 70 reclusos condenados por delitos menores luego de que varios videos publicados en las redes sociales mostraron a los reclusos esqueléticos. Sin embargo, tales acciones son raras y, mientras tanto, la salud de los reclusos empeora y algunos mueren antes de llegar a un tribunal.

En diciembre, la Universidad de Florida publicó un estudio que encontró que los hombres en las prisiones de Haití sufrían hambre: consumían menos de 500 calorías por día. Los investigadores estudiaron a más de 1.000 reclusos en dos prisiones de Haití, incluida la Penitenciaría Nacional. También encontraron que más del 75% estaba en riesgo de escorbuto y beriberi —falta de vitamina B1— y notaron que los presos no reciben alimentos durante los cierres de emergencia.

Algunos presos tienen familiares o amigos que les llevan comida y bebida todos los días, pero esa práctica ha disminuido en medio de un aumento de la violencia de las pandillas, que ha bloqueado caminos clave y ha causado escasez de transporte público en algunas comunidades.

“Nadie me trae comida”, se lamentó François Gausly, de 50 años, quien agregó que ha estado en prisión durante cuatro años tras ser acusado de robar una motocicleta, pero aún no ha visto un juez. “Yo como una sola vez al día. A veces es arroz. A veces es sémola de maíz”.

Un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos señaló que los arrestos arbitrarios son comunes en Haití, y que las autoridades a menudo detienen a personas por cargos no especificados.

El área alrededor de la Penitenciaría Nacional de Haití —la más grande del país, con casi 4.000 reclusos a pesar de que fue construida para albergar 800— se ha vuelto más peligrosa: casi a diario suenan disparos de bandas rivales y un oficial correccional recibió un balazo a fines de mayo cuando salía de la penitenciaría.

A pesar de los riesgos, una decena de mujeres estaba de pie frente a la prisión un día reciente entre semana, portando bolsas plásticas con alimentos en las que iban garabateados los nombres de sus seres queridos y el número de sus celdas.

Una mujer que trajo arroz tomó un poco con la mano y se lo comió, mientras un oficial penitenciario la observaba: cualquiera que traiga comida o bebida está obligado a probarla para prevenir posibles intentos de envenenar a alguien que esté dentro.

Entre quienes aguardaban para entregar comida a un recluso estaba Fenise Jean-Pierre, de 52 años, cuyo hijo ha estado en prisión desde hace ocho meses. Todavía no ha visto a un juez después de que alguien lo acusó de matar a un policía. Fue arrestado dos años después del asesinato y mantiene que es inocente.

Jean-Pierre dice que su hijo, de 33 años, ha perdido mucho peso, se ve obligado a compartir un balde con sus compañeros de celda para hacer sus necesidades fisiológicas y tiene un pie hinchado. “Tiene que dormir de pie porque no hay espacio donde está”, agrega.

Ese día, le llevó sólo una comida, porque fue todo lo que pudo pagar. Le preocupa no poder ayudarlo en absoluto. “Entre más inestable se vuelve este país, menos acceso tengo para verlo”, expresa Jean-Pierre.

En el interior, un grupo de reclusos encargados de entregar la comida llevada por amigos y familiares la repartía mientras una canción del grupo popular “Racine Mapou de Azor” se escuchaba de fondo.

“Hemos estado aquí demasiado tiempo sin ver a un juez. ¡Queremos ser sentenciados o liberados!”, gritó un recluso que llevaba gafas de sol.

Health through Walls (Salud a través de los Muros), una organización sin fines de lucro con sede en Florida que brinda atención médica a los reclusos en la Penitenciaría Nacional y otras prisiones en todo el mundo, brinda a los reclusos en Haití suplementos reforzados y batidos de proteínas ocasionales para evitar la desnutrición.

“Sabemos que la comida es mala”, explica el doctor del grupo, Edwin Prophète.

Health through Walls ha capacitado a casi 70 reclusos para identificar a las personas enfermas dentro de las celdas de la prisión, porque ahora se prohíbe que el personal médico realice rondas de salud diarias debido a la inseguridad creciente.

Wilfred Mexuy, jefe de cocina de la Penitenciaría Nacional, quien cumple una condena de 15 años por asesinato, declara a The Associated Press que prepara una o dos comidas al día para los presos, pero que su trabajo depende de cosas que no puede controlar.

“A veces tenemos comida, pero no electricidad”, añade. Explica que una vez la prisión estuvo sin electricidad durante tres meses y que el generador se descompuso.

Rémy, el coordinador de la asociación de abogados, dijo que un grupo de abogados comenzó a poner dinero propio para comprar comida para los reclusos.

“Lo que nos preocupa es la ausencia del gobierno y su negativa a actuar con rapidez”, declaró.

El Ministerio de Justicia de Haití, que supervisa las prisiones del país, no respondió un mensaje en busca de comentarios.

Entre los reclusos más nuevos en la Penitenciaría Nacional se encuentra el conocido abogado Robinson Pierre-Louis, quien fue secretario general del Colegio de Abogados de Haití y que fue detenido el año pasado tras ser acusado de intentar liberar a dos hombres implicados en un caso grande de tráfico de armas.

Pierre-Louis, quien dijo a la AP que es inocente, describe las condiciones de la prisión como “brutales” y “vergonzosas”.

“Es un ataque a la dignidad humana”, asegura. “Algunos lo están logrando, pero otros no pueden sobrevivir”.

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El periodista de The Associated Press Evens Sanon contribuyó a este reportaje.